Hace ya muchos años, cuando la gente aún sabía que los ángeles y los demonios existen, vivía en un bosque lejano, rodeado de montañas, un piadoso ermitaño. En su juventud había estado perdidamente enamorado de una dama a la que todos consideraban un dechado de virtudes y de belleza. Ambos se había jurado fidelidad y amor eternos, pero un día antes de la boda su prometida rompió su juramento y huyó con otro hombre.
Es posible que la huida de la dama tuviera algo que ver con el hecho deque el padre del joven, un rico mercader, había perdido todos susbarcos en una tempestad y se había convertido en un mendigo de la nochea la mañana. Sea como fuere, ambos infortunios convencieron al muchachode que las cosas terrenales no son más que apariencia y vanidad, demanera que decidió retirarse del mundo y dedicarse por entero alestudio de libros edificantes. Así pasó muchos años, consagrado a lalectura de los escritos de san Agustín y de san Jerónimo, de sanDionisio y de aquel san Alberto al que se conoce como Magno. Ya habíaestudiado casi todas las obras de santo Tomás de Aquino (y quien lasconozca no podrá por menos que admirar el afán del joven), cuando llegóa la descripción de la muerte del santo y leyó sus últimas palabras, enlas que él mismo manifestaba que todos sus libros no contenían más quepaja y nada de grano.
El joven sintió un escalofrío. Le pareció que la tierra se abría bajosus pies y que una ráfaga de viento surgida del abismo le helaba lasangre en las venas. Aquella misma noche abandonó para siempre su casay sus libros.
Durante mucho tiempo vagó por el mundo, hasta que llego a cierto valle
apartado, donde hallé una cueva excavada en la roca y oculta en medio de
un bosque. Se echó a dormir en el suelo y soñó con un torbellino de
fuego del que surgía una voz que le decía: «Quédate ahí, yo iré a tu
encuentro». Así pues, se quedó y esperó.
Ni él mismo sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, porque ahora su espíritu se había consagrado a la eternidad. Su cuerpo mortal, ya viejo y consumido, apenas si advertía los días y las noches, que se sucedían como un juego inacabable de luz y oscuridad. Sus cabellos y su barba se habían vuelto completamente blancos, y habían crecido tanto que le cubrían el cuerpo como un manto. De vez en cuando se adentraba en el bosque para recoger bayas, frutos, tallos y raíces, de los que se alimentaba; pero pasaba la mayor parte del tiempo sentado a la entrada de la cueva con los ojos cerrados, absorto e inmóvil. Iban los osos y se echaban a su lado, las serpientes venenosas se le enroscaban en el regazo, los pájaros anidaban entre sus cabellos y las arañas tejían sus redes entre sus piernas, pero él ni tan sólo se daba cuenta. Su espíritu vagaba por otros mundos, unos mundos tan elevados y sublimes que no pueden compararse con los que nosotros conocemos, ni siquiera con los de nuestros sueños. La lluvia lo empapaba, el sol lo abrasaba y el viento lo azotaba, pero nada había que fuera capaz de apartarlo de su diálogo con la eternidad. La paz de su alma era tan profunda que en las proximidades de la cueva incluso las fieras del bosque dejaban de atacarse; al contrario, jugueteaban unas con otras como antaño en el Paraíso.
Pero el ermitaño no había olvidado la promesa que recibiera en sueños aquella primera noche y guardaba su cumplimiento.
Un
día, el destino quiso que llegara a aquel lejano valle otro serhumano
cuya vida no era menos solitaria que la del piadoso anciano, sibien por
razones completamente distintas. Era un hombre que había sidoexpulsado
de la sociedad, un hombretón fiero, de hirsuto pelo rojo,fuerte como un
toro y tozudo como un mulo. No temía nada, pero tampocohabía nada que
fuera capaz de inspirarle respeto.
De muy joven, y en un arranque
de ira, había matado a otro jovenque había deshonrado a su amada. Su
víctima pertenecía a una familianoble. Como él y su amada eran de origen
humilde, los jueces noconsideraron que tuviera derecho a defender su
orgullo ni honor y locondenaron a morir mediante el suplicio de la
rueda. Sin embargo, éllogró huir la víspera de la ejecución. Encontró
refugio en el bosque,donde se unió a una partida de salteadores de
caminos que eran todosproscritos como él.
Con ellos robaba cálices de oro e incensarios de plata de las iglesias,desvalijaba a los comerciantes que iban de viaje, incendiabamonasterios y tomaba a cualquier mujer que le apeteciera, sin que leimportara que fuera dama de alcurnia o campesina, monja o gitana. Enpoco tiempo se convirtió en un blasfemo y un borracho, y aprendió aolvidarse de Dios.
Cada
vez que conseguían un botín, él y sus compañeros se lo jugaban alos
dados. Nuestro héroe perdía siempre porque, como no era tramposo,no
advertía las trampas que hacían los demás. Hasta que un día se
diocuenta, y entonces propinó tal bofetón al compinche que se reía de
élen sus barbas que éste oyó cantar a los ángeles para el resto de
susdías.
Ahorabien, para su desgracia, el
que había tratado de engañarlo era nadamenos que el cabecilla de la
banda, quien, por otra parte, no estabapara músicas celestiales. Así que
ordenó que su agresor fuera colgadode un árbol sin dilación, por
aquello de que es necesario mantener ladisciplina incluso en una banda
de facinerosos. Todos se le arrojaronencima, pero él logró escapar una
vez más, no sin antes haberle roto unbrazo a un compañero y dislocado el
pescuezo a otro.
A partir de ese momento empezó a actuar en
solitario y a evitar lacompañía de otros hombres, ya que ahora lo
perseguían todos, tanto losque estaban del lado de la ley y el orden,
como los que estaban encontra. Robaba por su cuenta, pero como no
pretendía amasar unafortuna, que de bien poco le hubiera servido en el
bosque, sólo tomabalo necesario para vivir. Así, obligó a un artesano
ambulante aentregarle las botas; a un carretero le quitó los pantalones,
y a uncura, el sombrero. De vez en cuando irrumpía en una taberna
paraagenciarse una botella de aguardiente o una jarra de cerveza.
Despuésde esto se guarecía entre la raíces de un árbol arrancado por el
vientoy pasaba el día entero tan satisfecho, cantando y riendo a sus
anchas.Porque, aunque casi se había olvidado de cómo hablar; en cambio
habíaaprendido a identificar los sonidos de los pájaros y de otros
animalesy sabía imitarlos a la perfección. Sus únicas armas eran un
cuchillo,un arco de madera de fresno y un par de flechas que había
tallado élmismo y que le bastaban para cazar lo que necesitaba para
comer. Bebíael agua de los riachuelos a cuatro patas, como los animales,
y comía lacarne cruda. Muy pocas veces se tomaba la molestia de
encender un fuegofrotando dos trozos de madera seca, pues los restos de
una hoguerahubieran delatado su presencia, y no sabía si todavía lo
buscaban o no.Una profunda inquietud lo impulsaba a cambiar
constantemente deescondrijo.
Nadie le había dicho jamás que también él poseía un alma inmortal, de
la que algún día el Creador le pediría cuentas, y a él mismo nunca se le
había ocurrido semejante idea. Sin embargo, el destino ya había
decidido que esto u podía seguir así, de manera que se hizo inevitable
que el bandido fuera a parar al lejano valle donde habitaba el ermitaño.
Fue un día al atardecer, la hora en que los animales del bosquesalen de
la espesura para pacer. El salteador de caminos habíadescubierto un
joven ciervo y empezó a perseguirlo. Era un corredorrápido e
infatigable, por lo que cada vez se iba acercando más a supresa. De
pronto, el animal se detuvo y lo miró de frente. El puso unaflecha en el
arco y avanzó lentamente para asegurar la diana. Concierto asombro,
advirtió que el ciervo no temblaba, ni siquieraresoplaba. No parecía
asustado ni cansado, sólo lo miraba atentamentecon sus grandes ojos, y
no tuvo valor para disparar la flecha.
Se incorporó, se rascó la hirsuta cabellera pelirroja y rezongo unamaldición. Empuñando el cuchillo, se acerco más al ciervo. Pero éste nohizo ningún intento de huir, ni siquiera cuando él levantó la mano. Elanimal permaneció inmóvil y se dejó tocar el cuello. De pronto elbandido se dio cuenta de que hacía tiempo que no acariciaba el cuello anadie, y mucho menos a un animal. Confuso, miró a su alrededor.Entonces descubrió la entrada de la cueva y, sentado en el umbral, alermitaño, todo piel y huesos, cubierto de pelo blanco. Tenía los ojoscerrados, y en los labios, una sonrisa que no era de este mundo.
El
bandido se acercó al anciano y lo observó durante un buen rato,incapaz
de adivinar qué o quién demonios era aquel ser que teníadelante. Se
inclinó sobre la extraña figura y exclamó con voz ronca:
-¡Eh, amigo! ¿Eres un hombre o qué?
El ermitaño siguió sonriendo sin hacerle caso.
El bandido le pegó un puntapié y, levantando la voz, lo conmino de nuevo:
-¡Vamos, esqueleto ambulante, habla de una vez!
El
anciano seguía inmóvil, pero su respiración era tranquila yprofunda, lo
que demostraba que no estaba muerto. El bandido alzó elpuño para
despertarlo de un buen golpe, pero al cabo de un rato volvióa bajarlo.
De pronto ya no sentía deseos de andar pegando puñetazos, yno entendía
nada.
Aún no se habíarecobrado de su sorpresa cuando sintió que
la espina que tenía clavadaen su interior y que lo había impulsado a ir
de un lado a otro sindescanso, se disolvía súbitamente; tan súbitamente
que lo invadió unsueño irresistible. Al cabo de unas horas, cuando el
ermitaño volviódesde el reino de lo sublime a su pobre y frágil cuerpo
terrenal yabrió los ojos, descubrió, a la luz de la luna, que a sus pies yacía unhombre pelirrojo de aspecto fiero que dormía como un niño.
El
anciano miró con afecto paternal a aquel extraño que Dios le enviabay
decidió convertirlo en su discípulo para instruirlo en los asuntos dela
eternidad.
Aunque parezca raro, al bandido legustó el ermitaño y
lo escuchaba con placer. A veces pasaban algunosdías, a veces algunas
semanas, pero nunca transcurría mucho tiempo sinque fuera a visitarlo.
Entonces, el ermitaño le hablaba de los nuevoscoros de los ejércitos
celestiales, del triplemente enrevesado misteriode Dios, del origen del
mundo, de su evolución y de su final glorioso yterrible o del Verbo que
se hizo hombre, que murió y resucitó y querompió para siempre las
puertas del infierno. También le hablaba deldemonio, de sus huestes y
del fuego del abismo, donde las almas de lospecadores que no se
arrepentían habían de sufrir torturas eternas. Y alfinal el maestro
nunca olvidaba exhortar a su discípulo a arrepentirsede la
vida pecadora que llevaba y a rogar a Dios que se apiadara de él.
El bandido lo escuchaba atentamente y de ven en cuando asentía con la cabeza como si comprendiera. En realidad, no entendía nada, pero admiraba profundamente a su maestro, que era capaz de pensar y recordar todas aquellas cosas. No ponía en duda que todo aquello era cierto, mas para él era demasiado sublimey elevado. Estaba admirado de que un hombre tan sabio e inteligente setomara tantas molestias con él, y le estaba agradecido porque era laprimera vez en su vida que le sucedía algo semejante. Por este motivo,respetaba la paz que reinaba en los alrededores de la cueva como larespetaban los animales. También él se sentía extrañamente seguro enaquel valle. Nunca antes había conocido lo que es un hogar; ahora creíahaberlo encontrado. A su manera, trataba de demostrar la gratitud quesentía por su maestro trayéndole presentes. Así, en una ocasión lellevó un par de botellas de vino de misa que había robado; otra vez fueel libro de oraciones de un fraile y, más adelante, un pastel de bodas.Pero, invariablemente, el ermitaño rechazaba sus regalos y loaleccionaba pacientemente
-No es eso, hijo mío. No debes tratar de cambiar mi vida. Eres tú quiendebe cambiar de vida si no quieres ser presa de Satanás. Si de verdadquieres hacerme feliz, conviértete a la doctrina de la salvación yarrepiéntete de tus pecados. Entrégate a la oración, modifica tu carney ejercítate en la vida del espíritu. Entonces, tal vez algún día puedallevarte conmigo a los mundos sublimes de los que te he hablado. Peroantes tienes que hacer penitencia.
El bandido callaba entristecido, porque le resultaba imposible cumplirel deseo del ermitaño. Aunque ponía el mayor empeño en ello, no podíaarrepentirse, y de ninguna manera quería mentir a su amigo, por el quesentía un profundo respeto. Lo hecho, hecho estaba, y si por ellomerecía un castigo de Dios, no sería él quien protestara. La bondad yla paciencia del eremita eran tan grandes como la tenacidad y laoposición de su discípulo. En sus oraciones, el anciano rogaba a Dios fervientemente que obrara un milagro que quebrara la obstinación deaquel pobre pecador y que iluminara la noche de su espíritu. Mas o bienésta era una tarea demasiado difícil incluso para Dios, o bien Dioshabía borrado desde hacía tiempo el nombre de aquel hijo pródigo dellibro de los que habían sido llamados a la vida eterna, y ambasposibilidades apenaban por igual el corazón del piadoso ermitaño. Peroentonces sucedió algo que lo llenó de consuelo y que hizo cambiar lasituación, aunque ese algo nada tenía que ver con el discípulo díscolo,sino con el sueño que había tenido años atrás y con la promesa que lehabía sido hecha en aquel sueño.
En la siguiente visita del bandido, el ermitaño le advirtió:
-Hijo mío, a partir de ahora nunca deberás visitarme en una noche de luna llena. Prométeme que me obedecerás.
-Está bien -respondió éste-, pero ¿por qué?
-Me ha sido concedida una gracia -contestó el ermitaño-, pero tu
entendimiento está demasiado obstinado como para que pueda confiarte mi
secreto; por lo tanto, no me preguntes más.
-De acuerdo -dijo el bandido, asintiendo con la cabeza.
Se
pusieron a hablar de otras cosas; como de costumbre, el eremitahablaba y
el salteador escuchaba. Al despedirse, el maestro volvió arecordar a su
discípulo la promesa de que no volvería a visitarlo enuna noche de luna
llena, y añadió:
-Espero que cumplas tu palabra.
De lo contrario, causarías un granmal, y a fe mía que ya has causado
bastante desgracia, hijo mío.
-No te preocupes -repuso el bandido, y se marchó.
Durante mucho tiempo, la vida de ambos siguió como antes. Sinembargo,
si bien el bandido era ciertamente inútil como discípulo de lasagrada
doctrina, poseía una capacidad imprescindible para el género devida que
llevaba: nada, ni siquiera el detalle más insignificante,escapaba a sus
dotes de observador. Así, se dio cuenta de que elermitaño empezaba a
cambiar poco a poco. Al principio no fue un cambiovisible: su aspecto y
su comportamiento eran los de siempre; pero, noobstante, advirtió que el
espíritu de su venerado maestro se alejabacada vez más de él. Sus
exhortaciones para que se arrepintiera de suvida pasada eran cada vez
menos frecuentes y menos insistentes. Amenudo permanecía en silencio y
en sus ojos había un brillo distinto,como una pequeña llama inquieta.
A cada visita aumentaba la confusión del bandido, ya que no sabía cómointerpretar la actitud de su maestro. Por eso se devanaba los sesospensando en que podía haberlo molestado, o si era que por su tozudezhabía agotado del todo la paciencia del anciano. Pero al cabo de unmomento se decía que forzosamente debía de tratarse de algo másimportante que su persona, algo que tenía que estar relacionado conaquella prohibición que él no podía comprender. Estos pensamientos lollenaban de inquietud, pero no se atrevía a hacer preguntas. Esperabaque el ermitaño hablara cuando lo creyera oportuno, y a éste,ciertamente, no le pasaba inadvertido el interrogante que se dibujabaen el rostro de su discípulo. Con todo, transcurrieron siete mesesantes de que el maestro se decidiera a revelarle su secreto.
-Hijo mío -le dijo-, no creas que te hice prometer que no vendrías en las noches de luna llena para castigarte. La razón es que me sucedió algo maravilloso, algo que me sucede todavía. Has de saber, hijo, que en el reino de los espíritus celestiales el arcángel Gabriel es el señor de la luna. Pues bien, en las noches de plenilunio, el arcángel Gabriel en persona desciende del cielo y me visita.
-Que me lleve... -balbuceé el bandido, abriendo unos ojos como platos, y se interrumpió justo a tiempo-. ¿Cómo es? -preguntó.
-Más bello y noble de lo que puedo describir con palabras. Viaja en un carro tirado por grifos; en la mano lleva un lirio, símbolo del amor sin mácula y de la pureza, y viene por el aire desde aquel extremo del bosque, porque pasa su carro la luz de la luna es como un camino sobre tierra firme.
-¿ Y qué hace aquí? -inquirió el salteador.
-La primera vez pasó de largo sin yerme porque yo no osaba levantar lacabeza. Pero a la siguiente noche de plenilunio, después de miprohibición, me vio, se detuvo y me dijo que me había estado buscando.¡Irnagínate, me buscaba a mí, el más humilde servidor de Dios! Tuve elprivilegio de escuchar la voz que por primera vez dijo: «Ave María» ala madre de Nuestro Señor.
El bandido permaneció un momento en silencio, pensativo, y le respondió:
-Si hay alguien que merezca algo así, ése eres tú. ¿Qué más te dijo?
El anciano tragó saliva un par de veces, bajó los ojos y le contestó con voz apenas audible:
-Me anunció que muy pronto será el Señor en persona quien vendrá a visitarme.
Al decir estas palabras, el anciano enrojeció de forma visible y
enseguida se puso intensamente pálido. El bandido lo miró con admiración
y masculló:
-Pues vaya con la noticia, ¡que Dios me confunda!
El ermitaño le lanzó una mirada apesadumbrada y exclamó:
-¡Ah, hijo mío! Si por lo menos pudieras dejar de maldecir. Pero ya ves
tú mismo por qué tuve que prohibirte que vinieras en las noches de luna
llena. ¡Imagina qué podría suceder!
El bandido asintió una vez más.
-Claro, claro, no puede ser.
En las siguientes visitas, el ermitaño no se refirió al
maravillosoacontecimiento y el bandido respetó el silencio de su maestro
duranteun tiempo. Pero al final no pudo contenerse más y cpn voz
vacilantepreguntó:
-Aquella visita..., ya sabes..., ¿ha venido alguna otra vez?
-Viene a menudo- respondió el ermitaño evasivamente.
-Escucha -le dijo el bandido bajando la voz sin darse cuenta, como
si tuviera miedo de que alguien pudiese oír sus palabras-, ¿qué te
parece si me escondiera? ¿No podría verlo yo también? Te aseguro que soy
capaz de pasar completamente inadvertido.
El rostro del ermitaño adoptó una expresión severa.
-¿Acaso crees que estoy dispuesto a engañar al arcángel? ¡Si élquisiera
manifestarse a ti, ya te hubiera encontrado! Pero te diré quetengo mis
dudas de que pudieras llegar a verlo, ofuscado como estás.Sí, estoy
seguro de que tus ojos serían ciegos ante esta visióncelestial. Olvida
tu deseo, hijo mío. No vuelvas a hablarme de ello.
Estas palabras
impresionaron profundamente al bandido; su maestro nose había mostrado
nunca tan severo con él. Sin embargo, no fue ladureza de su tono lo que
logró convencerlo de que tenía razón, sino laverdad que descubrió en
aquel momento: sólo los santos pueden ver lascosas santas. Estaba claro
como la luz del día.
El bandido hubiera podido darse por
satisfecho con estedescubrimiento, de no haber sido porque había una
cosa que lo teníapreocupado. Desde hacía un tiempo, los animales ya no
se acercaban a lacueva de ermitaño. Si alguno se extraviaba por aquellos
parajes, huíatan pronto como él se acercaba. Incluso, un día sucedió
que un azor seapoderó de una cría conejo junto a la entrada de la cueva,
justo allado del anciano, que estaba sumido en una profunda
meditación.
El
bandido comunicó su preocupación a su maestro, pero advirtió queéste no
se había dado cuenta de rada. Entonces empezó a preocuparse porél.
Intuía oscuramente que algo malo se fraguaba alrededor de aquelbuen
hombre, y él no estaba dispuesto a permitirlo. Por primera vez ensu vida
había encontrado un amigo, y estaba decidido a defenderlo dequien
fuera, incluso de un arcángel si hiciera falta.
Cuando llegó la
siguiente noche de luna llena, ya había tomado sudecisión. Tan pronto
como oscureció, cogió el arco y las flechas y,haciendo caso omiso de su
promesa, se dirigió sigilosamente a la cueva.Esta vez se acercó desde
otra dirección, se ocultó entre unosmatorrales y se dispuso a esperar.
Enaquel momento la luna llena empezó a elevarse majestuosamente
porencima de las ramas de los árboles e inundó el mundo con su
luzplateada. Una brisa suave agitaba levemente las hojas y traía
consigoun extraño y embriagador aroma. Los grillos cantaban por doquier.
Enalguna parte del bosque ululó una lechuza, y otra respondió. De
prontose hizo la calma, incluso la brisa dejó de soplar y, en el
profundosilencio que lo invadía todo, apareció a lo lejos, más allá de
lascopas de los árboles, un fuerte resplandor. Era como una nube de
luzplateada, al principio muy pequeña, que fue creciendo rápidamente.
Perono parecía que se acercara a través del espacio, sino como si
sereflejara desde otro mundo.
La aparición fue creciendo y
creciendo, y al fin se detuvo delantede la cueva, a unos cuantos palmos
del suelo. La luz de la nubefluctuaba sin cesar y formaba figuras.
Primero surgieron los dosgrifos, unos grandes seres alados con cabeza de
águila y cuerpo deleón. Su ojos y sus garras lanzaban destellos de
rubí, y sus alas erande un color azul profundo. Después se vio el carro
del que tiraban.Parecía hecho de zafiro. En el carro iba un personaje
rodeado de unhalo de luz suave y poderosa a la vez. Llevaba una túnica
blanca comola nieve recién caída, y sus alas extendidas brillaban con
todos loscolores, desde el violeta de la amatista hasta el frío azul
delaguamarina. El lirio que llevaba en la mano irradiaba tal
resplandorque oscurecía la luz de la luna.
El ermitaño se había
inclinado profundamente y permanecía con lafrente en el suelo. El
bandido, que se había quedado boquiabiertocontemplando aquella
aparición, hizo un esfuerzo por salir de suasombro. Ahora estaba seguro
de que allí había algo raro. Oía que elpersonaje hablaba con el ermitaño
y que éste respondía, pero no podíaentender sus palabras. Muy despacio
puso una flecha en el arco, apuntócuidadosamente y disparó.
La flecha silbó en el aire y se clavó en el cuello de la figura luminosa.
El personaje se tambaleó y se llevó ambas manos a la garganta. Los
grifos se encabritaron, batieron sus poderosas alas y, profiriendo
pavorosos rugidos, se levaron rápidamente, arrastrando el carro tras de
sí. Al cabo de unos instantes se oyó el crujir de unas ramas y el
estrépito de una caída, y de algún lugar del bosque surgió un destello
de luz roja que se apagó
inmediatamente.
El ermitaño, que se
había incorporado al oír el silbido de la flecha, había contemplado la
escena horrorizado. Cuando se dio la vuelta y advirtió la presencia del
bandido lo increpó duramente:
-¡Hijo de Satanás! -exclamó el
hombre fuera de sí, mientras las lágrimas rodaban por sus hundidas
mejillas11-. ¿Qué has hecho, desgraciado perjuro? ¿Acaso no ha oías
cometido ya suficientes pecados? ¿Te faltaba esta fechoría para
asegurarte la condenación eterna?
-Calma, calma, amigo mío -lo atajó el bandido-, éste no era el arcángel Gabriel.
-¡Cuánto orgullo, cuánta presunción! -gritó nuevamente el
ermitaño-.¡Tú, un hijo de las tinieblas y de la ceguera, qué sabes tú de
lascosas santas! ¿Es así corno agradeces todos los esfuerzos que he
hechopara salvar tu alma? La ingratitud y la soberbia arrojaron a
Lucifer alinfierno, y tú eres como él. ¡Vete! ¡Apártate de mí, Satanás, y
novuelvas nunca más!
-Escucha -repuso el bandido-, antes de enviarme al infiernodirectamente y para siempre, ven conmigo a ver qué ha pasado.
El anciano gimió y se cubrió el rostro con las manos, pero no opuso
resistencia cuando el bandido lo cogió en brazos como a un niño y se
adentró en el bosque.
A
la luz de la luna le era muy fácil seguir el rastro de sangre. Notuvo
que buscar mucho: debajo de un arbusto de espino encontró un tejónmuerto
con una flecha clavada en el cuello. Allí no había nada más; nirastro
del carro de zafiro, ni rastro de los grifos, ni rastro dellirio.
-¿Lo ves? -dijo el bandido con una sonrisa bonachona-. Tu mismo me
habías advertido que hay espíritus malignos que se introducen el cuerpo
de un animal y causan toda clase de daños. Ese era uno de ellos. Vete a
saber adónde habrá ido.
El ermitaño miraba absorto el cadáver del tejón. Por fin susurro:
-¿Cómo gas podido adivinar la verdad, hijo mío, si ni yo mismo he sido capaz de descubrir el engaño?
-Muy sencillo -explicó el bandido-, tú me habías dicho que sólo los santos pueden ver las cosas santas. Así pues, no tiene nada de extraño que tú, un hombre sabio que lleva una vida de santidad, pueda ver al arcángel Gabriel. Pero yo, que soy un pecador y un ignorante, lo he visto igual que tú. Entonces me he dicho que aquí había un gato encerrado. Por eso he disparado.
El ermitao se quedo silencioso durante un buen rato. Estaba en la oscuridad, de manera que el bandido no podía verle el rostro, pero al cabo de un rato lo oyó sollozar quedamente.
-¿Qué te pasa? -preguntó el bandido, solícito.
- Estoy avergonzado -contestó él ermitaño, con voz entrecortada.
- ¿Por qué? -preguntó el bandido, sorprendido. Porque, en mi presunción, pensaba que tenía que salvar tu alma -respondió el ermitaño-, pero has sido tú quien ha salvado la mía. Se ha cumplido la promesa que recibí en sueños, pero de una manera muy distinta de como yo esperaba. Se ha cumplido a través de ti, ¿no te das cuenta?
-No-dijo el bandido con toda franqueza-, no entiendo ni una palabra.
-No importa-dijo el ermitaño secándose las lágrimas y sonriendo-. En cualquier caso, me he dado cuenta de que tengo que volver a empezar por el principio y quisiera que tú me ayudaras. Vamos. (*)

(*) Fuente: Michael Ende, La leyenda de la luna llena, Colección La guinda, ed. Grijalbo Mondadori, 1993.



-----------------Hermoso relato,y ademas con una ensenanza,mas bien,muchas,te felicito y agradezco que lo compartas.
LMGO.-